Contexto histórico 4 – La repoblación del planeta

Le precede el Contexto Histórico 3: Dibarusa y la Nueva Civilización

La Edad de los Exploradores trajo al mundo humano grandes cambios culturales, acontecimientos históricos apasionantes y la mayor revolución que ha conocido la Nueva Civilización:el Plan de Núcleos. Creado por el legendario arquitecto Debares, gracias a ese proyecto la sociedad dio solución al conflicto de su especie con el Planeta, a quien guardaba tanto respeto y temor como a las letales criaturas que vagaban por la niebla.

La extracción de los nuevos recursos en los Altos de montaña proliferaba. No solo la población de Dibarusa obtenía minerales mucho más duros y versátiles que los hallados en los endebles montes de las Islas Dalerias, sino también exóticas comidas o maderas de árboles de muy diversa índole. Mucho se intentó para facilitar el acceso a los intercambios comerciales de estos recursos, pero los trayectos entre los Altos y el archipiélago eran muy extensos, y el riesgo muy elevado. Las numerosas bajas sufridas causaron desaliento, y al final, pocos eran los que se aventuraban a emprender estos negocios; no merecía el sacrificio que requería. Fue entonces cuando el aún desconocido arquitecto Debares propuso su popular Plan de Núcleos a finales del siglo VII.

La idea clave de este proyecto consistía en construir una gran plataforma sostenida sobre enromes pilares que se elevaran más allá del Mar de Cristal. Esta plataforma denominada Núcleo estaría situada en un punto estratégico entre diversos Altos, para de esta formarecopilar y almacenar gran cantidad de recursos provenientes de los mismos. Desde estos grandes almacenes aéreos saldrían a su vez diversas carreteras elevadas hacia los Altos de los alrededores para facilitar su transporte, y en un futuro también hacia otros Núcleos alejados. Fue un plan que convenció a propios y extraños, aunque llevarlo a cabo resultó en extremo complejo. Hacía falta una cantidad inmensa de pilares para que los Núcleos y los puentes que partían hacia las montañas se mantuvieran estables, y por tanto una ingente cantidad de recursos y mano de obra. Además, como se concluyó que la manera más rápida y segura de transporte entre estas diferentes zonas era mediante vías de tren, el tiempo de desarrollo se prolongó. Esta peculiaridad llevó a calificar a estos extensos puentes como vías colgantes.

Con todos estos percances, más las dificultades que encontraron a lo largo de la construcción, el primero de estos Núcleos tomó más de setenta años. De nombre Ezeia, se construyó sobre el campamento portuario que partía a Dibarusa desde el este, la Puerta de Melvan (en cuyo seno estaba ubicado el ascensor que comunicaba con el asentamiento aéreo).  Después de la experiencia conseguida con esa primera toma de contacto, y con la enorme mejora de desarrollo que vivió entonces Dibarusa, el proyecto del Núcleo hacia el oeste, sobre la Puerta de Feleras y de nombre Oderia, requirió de casi la mitad del tiempo y del esfuerzo.

La gran oportunidad comercial y de desarrollo que las tierras exteriores ofrecieron al mundo humano, hizo que la popularidad de los grandes almacenes aéreos y los poblados de los Altos aumentaran progresivamente. Ello provocó un movimiento masivo de población joven hacia estas nuevas regiones para forjarse un nuevo futuro, abandonando la vida en las islas para siempre. Este proceso de emigración creció cuando los planes de expansión hacia Núcleos más allá de Ezeia y Oderia aparecieron.

El futuro estaba lejos de Dibarusa. A pesar de que al principio el grueso de la gente emigrante habitaba en los distintos poblados de las montañas, con el tiempo la convivencia en el mismo Núcleo se masificó. Estas enormes plataformas aéreas que fueron creadas con el único fin de almacenar los recursos de las montañas crecieron y se desarrollaron hasta convertirse en verdaderas ciudades donde la gente encontró su hogar. Con el tiempo, los Núcleos pasaron a llamarse asentamientos aéreos. Tal fue el panorama con esta imparable tendencia a movilizarse hacia nuevos entornos, junto a los ambiciosos proyectos de extensión a regiones más lejanas, que, a finales del siglo IX dio comienzo una nueva época de la Historia: la Edad de la Repoblación. 

Hubo en ese proceso cierta poesía: el Planeta, en aras de su supervivencia, creó a los seimos para expulsar a los humanos de sus dominios, y estos respondieron abandonando la tierra para vivir en el cielo.

El mundo humano surgido en la Nueva Civilización adaptó entonces una forma específica que mantuvo hasta el tiempo presente: aparte del archipiélago dalerio, donde la ciudad de Dibarusa ejercía como la capital del mundo y el centro neurálgico de todo lo conocido, la mayor parte de la actividad humana se realizaba a más de ochenta metros de altura, en los asentamientos aéreos y los Altos protegidos por muros de contención, conectados entre sí por vías colgantes que atravesaban la Hondonada, las tierras inferiores sumidas en el Mar de Cristal. Crear una civilización en las alturas era una tarea harto lenta y dificultosa, y el mundo resultó ser más grande de lo que los hijos de Dibarusa habían imaginado; la pretensión de repoblar el mundo entero era un objetivo imposible de conseguir. Aun así, la idea de expandirse y habitar nuevas tierras era muy tentadora: con el crecimiento económico y demográfico, las necesidades de la gente, a la vez que el número de habitantes, fue en aumento. Nuevas tierras implicaban nuevos recursos, y así avanzaron en su desarrollo para tener acceso a ellos. A ello contribuyó que las generaciones nacidas en los asentamientos aéreos eran mucho más ambiciosas y menos sedentarias que los apacibles habitantes de las Islas Dalerias. Sin embargo, su impulsiva y ardiente actitud se veía constantemente limitada por el obligado cumplimiento del código moral de la Nueva Civilización, la razón por la que se les había permitido sobrevivir: el Principio de Compensación. La pauta de conducta ancestral que jamás se atrevían a ignorar por miedo a desatar de nuevo la ira del Planeta y provocar una segunda Gran Catástrofe.

En los primeros siglos de la longeva Edad de la Repoblación, muchos nuevos Núcleos fueron construidos partiendo desde Ezeia y Oderia. Esos asentamientos aéreos abarcaron la práctica totalidad del reino de Feleras al oeste, y parte del inmenso continente de Melvan al este, territorios que desde entonces denominaron Región Occidental y Región Oriental, respectivamente.

Llegados a tal punto de expansión, se decidió crear una administración independiente para las tierras occidentales y orientales, trasladándose por tanto gran parte de las labores políticas y administrativas de Dibarusa a los lugares más relevantes de cada Región: el asentamiento de Ciudad Feleras en Occidente, el único que comunicaba directamente con Oderia y del cual partían varios Núcleos más, y Ciudad Melvan en Oriente, que hacía lo propio con Ezeia. Estos dos asentamientos se convirtieron en las dos grandes capitales de la Nueva Civilización.

No obstante, la ciudad de Dibarusa, la anciana capital, conservó aún una gran importancia internacional: ejercía de nexo y centro neurálgico del mundo conocido. Allí se hallaban los organismos internacionales más relevantes del mundo conocido, en especial el Comité Central, donde se promovían las decisiones que debían afectar a todos los territorios abarcados por el hombre. La céntrica región del mundo conocido, que abarcaba desde Dibarusa hasta las capitales oriental y occidental, pasando por los asentimientos de Ezeia y Oderia, fue desde entonces conocido como el Triángulo de Poder. Desde allí, el nuevo mundo humano era controlado y administrado.

Siguiendo las enseñanzas del arquitecto Debares, cada nuevo Núcleo que creaban, cada nuevo asentamiento, debía estar siempre ubicado en un punto estratégico desde el cual era posible alcanzar en un corto periodo de tiempo diversos Altos de montaña. Una vez los Altos fueran seguros y estuviesen preparados para su explotación, y finalizada la construcción de las vías colgantes entre estos y el Núcleo más próximo, surgían más movimientos de población provenientes de los asentamientos cercanos para habitar estas nuevas tierras llenas de oportunidades, y el gran almacén aéreo, el Núcleo, pasaba a convertirse en un nuevo asentamiento. Después, cuando la vida en el asentamiento se hubiera formalizado, comenzaban a surgir los nuevos proyectos de expansión hacia tierras más lejanas, si era viable. De esta manera desarrollaron la paulatina labor de repoblar el planeta.

La expansión parecía infinita, sin embargo, muchos siglos después, el mundo humano había crecido de manera tan espectacular que no encontraban más vías factibles de expansión, y el afán por extenderse pasó a un plano secundario en el avance de la Nueva Civilización. El desarrollo económico, social y cultural de los asentamientos y Altos concebidos se convirtió entonces en la preocupación primordial del hombre. Comenzó así una nueva era, a mediados del siglo XVIII, conocida todavía como la Edad Actual.

En el momento en que nos encontramos al inicio de esta historia, han transcurridos mil ochocientos setenta años desde aquella Gran Catástrofe que sumió al ser humano y al Planeta en un cambio tan grande, tan drástico, que es irreconocible. En esta época, el equilibrio que ha existido desde siempre en la Nueva Civilización penderá de un hilo por primera vez, y un soldado novato se verá envuelto en una gran aventura que le llevará a conocer los más profundos y oscuros secretos sobre su mundo y su especie.

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