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Reflexiones de un escritor novel

La literatura es un arte que nos ha permitido desde hace milenios crear historias surgidas de nuestro más profundo imaginario. Cualquier alabanza ante tan magnífica creación no haría honor a su legado. Ha resultado crucial para el progreso y el desarrollo de nuestra especie, gracias, sobre todo, a sus infinitas posibilidades. La literatura, al igual que la pintura, la música, la escultura, etc., no debe estar limitada por patrones a seguir, como imposiciones políticas, ni por conductas esperables por parte del artista. En estas idealizaciones prácticas, el único límite lo ponemos nosotros.

Vivimos tiempos extraños: la inteligencia artificial ha irrumpido de lleno en nuestra realidad, y las dudas acerca de las capacidades humanas para competir contra las máquinas surgen día tras día. En este perturbador contexto, conviene señalar el principal aspecto que aleja a las personas de las máquinas: la originalidad. Aunque siempre hay margen para mejorar la técnica y el estilo, las creaciones personales son imaginativas, no están sujetas a productos previos en los que basar sus atributos. Por eso debemos luchar por conservar la libertad de creación. Las limitaciones impuestas a un artista crean una barrera a la imaginación y al libre albedrío, empañando el resultado de su obra, y limitando su talento y valor en la materia. Por eso la literatura debe ofrecernos una forma de dar rienda suelta a la capacidad creativa, una faceta inherente a nuestra especie, de manera que sigamos ofreciendo al mundo productos únicos y originales. Productos humanos.

El mundo de la literatura es fantástico. Tiene tantas posibilidades que a veces resulta abrumador. Tantos estilos, géneros, e historias que contar. Las posibilidades son ilimitadas: desde biografías narradas con un estilo literario hasta historias originales y ajenas a las propias experiencias de vida, pasando por obras que se alejan de la narración como tal, y exponen análisis y juicios de valor sobre aspectos sociales o técnicos. A la hora de coger un bolígrafo y un papel, hay tantas posibilidades al alcance de la mano que es difícil mantener una sola idea. Y aquí es donde llega lo más complicado de la aventura: la perseverancia. Es indispensable mantener la motivación y las ganas de continuar con el proyecto, hasta sentir que está finalizado. Sin duda requiere de un esfuerzo que a veces parece imposible, por eso es conveniente tomárselo con calma. Sin prisa pero sin pausa; esta filosofía es la clave para mantener la constancia.

Existe algo mágico en el hecho de contar historias profundas y complejas, de diseñar personajes de la más variada índole, de construir mundos fantásticos. Resulta fascinante. Desde niño, he disfrutado de las historias de ficción que te envuelven en realidades ajenas a la realidad que vemos a través de la ventana, narraciones maravillosas que te seducen y te agarran de la mano para viajar a lo más recóndito del imaginario. Siempre he adorado desconectar de la rutina, dejarme llevar por donde quiera el creador de esa historia, hasta el punto de sentir, en ocasiones, que preferiría mudarme a esos universos paralelos. Porque, quizá allí, viviría una aventura tan emocionante como la que experimentan los protagonistas.

Ahora, desde que me he adentrado en el arte de la escritura con la saga Hijos de Dibarusa, siento más que nunca que estoy explotando esa faceta evasiva de mi personalidad, al perderme durante infinitas horas en lo profundo de la mente. Dentro de mi historia, yo soy quien guía a los protagonistas a vivir con intensidad, y en mi mano queda llevar al lector a emocionarse, sorprenderse o sufrir. Es un placer indescriptible.

Adoro desconectar de esta realidad en ocasiones tan poco apasionante, tan rutinaria. Necesitamos emocionarsos para sentirnos vivos, para no dejarnos llevar por la vida como robots movidos por una serie de patrones de código. Consciente de que nuestra realidad pone excesivos límites a la libertad y la aventura, anteponiendo una seguridad vital amarrada en la sociedad, uno tiende a vivir esas anheladas experiencias emocionantes en el imaginario, o bien a través de historias ficticias que los libros u otros entretenimientos nos proporcionan. Ahí es donde, en mi opinión, reside la verdadera magia de estas historias: en ofrecer experiencias que no viviríamos nunca en la realidad. Hace tiempo, era muy común que los libros salieran publicados en los periódicos semanales o mensuales, divididos en fascículos (uno por capítulo). Era el modo que tenía la gente de desconectar del mundo que les envolvía, y esperar con anhelo la llegaba del nuevo fascículo era una motivación en su rutina. En la actualidad tenemos muchos métodos para evadirnos, pero antes del boom tecnológico, las posibilidades de desconectar se reducían a libros y a historias contadas en tabernas y otros ambientes sociales. Esto demuestra nuestra necesidad primitiva de recurrir a historias ficticias para complacer nuestra ansia de emocionarnos, y ofrecer algo de luz a esta aburrida realidad.

Otra de las grandes virtudes de la literatura reside en su capacidad de aprovechar las historias para hacernos reflexionar sobre diversas facetas que conviene profundizar. Para hacer pensar al lector, y concienciar sobre aspectos éticos y morales que consideramos relevantes. No obstante, debemos evitar caer en el error de convertir la historia en demagogia: hay que saber dónde se encuentra el límite de lo razonable, y nunca dar por hecho que una manera de pensar es la verdad absoluta y el modus operandi que todo el mundo debería seguir. Hacer reflexionar a la gente sobre tópicos y plantearles alternativas es aconsejable, pero nunca hemos de calificar un solo comportamiento como el único adecuado. Eso desvirtuaría la gran virtud que las novelas poseen, y convertiría la narración en un mero juicio de valor, una excusa para conseguir adeptos a esa filosofía propia, consiguiendo con ello grandes detractores. Los libros, así como cualquier obra artística, tienen mucho valor si son bien utilizados, pero, al igual que pueden ser maravillosos, también pueden contener ideas macabras y destructivas provenientes de mentes perversas, con potencial para influir en las mentes más moldeables. En estos puntos cabe reflexionar sobre dónde se encuentra el límite a esa libertad de creación que mencionaba al principio, y si cabe siquiera plantearla. Una disertación que reservaré para una reflexión futura.

Todos estos pensamientos vienen de un escritor novel, alguien que acaba de empezar en este mundo y aún no ha experimentado la idea de pertenecer al gremio. Es posible que mi percepción hacia la materia varíe más adelante, pero dudo que mi opinión hacia la literatura en líneas generales se modifique lo más mínimo. Al fin y al cabo, construir mi primera novela ha sido la experiencia más gratificante que he vivido en toda mi existencia. Y no lo cambiaría por nada en el mundo.

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