Contexto histórico 2 – La Edad Vetusta y la Gran Catástrofe

Comienza en Contexto Histórico 1: Informe sobre la Edad Perdida

Tras la terrible colisión del meteorito sobre la superficie del Planeta durante la Edad Perdida y el rechazo hacia los poderes manipuladores, comenzó a desarrollarse lo que conocemos actualmente como la Civilización Vetusta, la era de los humanos.

La nueva raza surgida de los extintos daérumas tomó a través de los milenios la forma y actitud de los seres humanos como los conocemos. Poco a poco, se desarrollaron grandes ciudades donde se unían para evolucionar juntos y vivir seguros, y sus objetivos variaron en gran medida conforme avanzaban los tiempos. Se expandieron, más allá de las fronteras del hombre, hasta abarcar el mundo entero.

Para cuando esto sucedió, la brecha entre los flujos de energía del ser humano y del Planeta era inmensa. La separación entre ambos desarrollos vitales nunca decreció. El humano se desentendió del destino del mundo y centró sus esfuerzos en su propia evolución y desarrollo; olvidó por completo sus orígenes, lo que un día fue. Sin embargo, a pesar de haber perdido cuanto originalmente les hacía especiales, seguían considerándose una raza única y extraordinaria, la criatura del Planeta, su más querido vástago, a quien otorgó la habilidad de diferenciarse del resto de criaturas y tomar dominio sobre ellas. Estaban orgullosos de lo que eran, de todos los hitos que habían conseguido en su historia como una especie individual.

Alcanzado un importante nivel de progreso y expansión en esta longeva Edad Vetusta, transcurridos decenas o incluso centenas de milenios desde el trágico evento en los Montes Valhos, las diferencias entre las regiones y las culturas humanas eran patentes. La manera de desarrollarse variaba en gran medida dependiendo de la zona, y esto provocó sentimientos enfrentados entre los distintos miembros de la raza. Surgieron emociones tan humanas como el rencor, la envidia o el egoísmo, y con ellas, los conflictos entre las diferentes culturas que componían el mundo, e incluso entre sus semejantes. Este odio tomó poco a poco el alma del ser humano, haciéndose cada vez más inherente en su especie, conforme alejaban su propio desarrollo del de su progenitor, el Planeta. Con el tiempo, comenzaron las guerras y la desolación.

La evolución independiente de esta especie, que un día estuvo unida a la energía de la Raiz y era respetuosa hacia todo lo que le rodeaba, tuvo como consecuencia el origen de la más pura maldad que la Historia del Planeta había contemplado. Odiaba a sus semejantes, marcaba crecientes diferencias entre ellos, y se despreocupaba del desarrollo de la tierra y los seres que la habitaban. En su afán egoísta por encontrar una felicidad que no conocía límites, el hombre transformaba y destruía con alevosía cada nuevo entorno que pisaba, así como a los seres, humanos o no, que se oponían a su voluntad.

El Planeta no reconocía a su otrora más querido vástago. El cambio de mentalidad tras la caída del meteorito, que en un principio pareció beneficiosa para el porvenir del gran ente, lo terminó consumiendo, desgastando su energía vital y provocando la muerte paulatina de la Raiz, la esencia del Planeta. Una destrucción quizá no tan radical e inmediata como aquella que sucedió tantos miles de años atrás en los Montes Valhos, pero real también, y potencialmente más peligrosa.

Con sus destructoras guerras y extracciones desenfrenadas de la materia, los humanos contaminaban la pura energía del Planeta, impidiéndole desarrollarse. Podían escucharse sus lamentos en la atmósfera. Sufría sobre todo porque se sentía traicionado, dolido por ver cómo su criatura predilecta había olvidado sus orígenes; avergonzado por la creación tan poderosa que se atrevió a desarrollar.

Llegado cierto punto de la evolución, las más avanzadas culturas del mundo abrieron fronteras para explorar el espacio exterior. En la ambiciosa mente humana surgió el proyecto de expandir su desarrollada cultura al resto del universo. Comenzaron a percatarse que el planeta sobre el que se encontraban era un astro cualquiera en el infinito vacío, un astro más que sacrificarían si con ello encontraran nuevas vías de desarrollo para hacer crecer su ego. Así como sacrificaban todo cuanto hiciera falta dentro de él.

A la vez que la sinergia entre el Planeta y el ser humano se desvanecía, así ocurría con la supervivencia del mundo. Cada vez más deteriorado, los humanos comprendieron que debían abandonarlo si querían sobrevivir como especie. Su hogar estaba acabado, tenía los días contados.  

Fue entonces cuando algo inesperado sucedió, que cambiaría el curso de los acontecimientos para siempre.

Del seno de los Montes Valhos, donde el acceso a la Raíz se encontraba, donde el meteorito cayó largo tiempo atrás, comenzó a brotar una poderosa y extraña energía que poco a poco invadió el mundo entero: una neblina de aspecto cristalino. Una ligera oscuridad que de la noche a la mañana invadió cada rincón del inmenso Planeta, y que venía acompañada del azote de la raza humana: los seimos, unas amorfas bestias de desconocida naturaleza y enorme vileza.

Estos protectores de la Raíz, como se conocieron, vinieron de lo más profundo del mundo para salvaguardar su prosperidad y acabar con todo aquello que suponía una amenaza para el Planeta. Un mecanismo de defensa, hasta aquel momento desconocido, que apareció en el momento de mayor agonía y sufrimiento del gran ente. Tras la implacable acometida de los seimos, todo ser humano que habitaba en la superficie del Planeta acabó perdiendo la vida. Todos, salvo los habitantes de un pequeño país desconocido, ajeno a todo conflicto y tribulación internacional: la apacible nación de Dibarusa. 

Situado en las tropicales Islas Dalerias, Dibarusa era una autarquía neutral, un Estado Burbuja, con escasa comunicación con el mundo exterior. En esta situación de completa ignorancia que vivía dicho pueblo, llegó el día en que, sin previo aviso, los apacibles habitantes de las islas vieron perturbada su paz con las noticias y gritos de alarma sobre un inminente apocalipsis: el caos y la oscuridad se habían ceñido sobre el mundo, y estaba aniquilando al ser humano en su totalidad. Todas las naciones sucumbieron a la imparable marcha de la niebla cristalina que tomó la tierra, a las letales criaturas que moraban en su seno. A la vista de que otras ciudades mucho más desarrolladas y mejor preparadas habían caído, los nativos de Dibarusa sabían que estaban condenados. Aun así, prepararon la defensa y esperaron, débiles y asustados, a que llegara la inevitable batalla contra lo desconocido. Una batalla que jamás aconteció.

Tras una temporada de cautela y tensión, los dibarenses comprendieron que habían sobrevivido al cataclismo que destruyó el mundo humano, la Gran Catástrofe. Por alguna incomprensible razón, a ellos no les alcanzó el mal celeste que se había propagado a diestro y siniestro. Todavía quedaba esperanza para la humanidad.

Aquel acontecimiento supuso el inicio del ciclo cero de la Nueva Civilización, como se denominó a partir de entonces. Daba comienzo la Edad del Renacer del hombre.

Sigue en Contexto Histórico 3: Dibarusa y la Nueva Civilización

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