Contexto histórico 3 – Dibarusa y la Nueva Civilización

Le precede el Contexto Histórico 2: La Edad Vetusta y la Gran Catástrofe

Al contrario que los datos históricos sobre la Edad Vetusta y cuanto la precede, la Historia más reciente a partir del ciclo cero de la Nueva Civilización se encuentra en cualquier asentamiento humano. Esta información es de sobra conocida por todas sus gentes, que miran con orgullo al pasado, a sus raíces en las Islas Dalerias y a su posterior dispersión por el planeta.

Debido a la posición neutral, pacífica y despreocupada de Dibarusa durante la Edad Vetusta, cuando el Planeta se vio sumido en el caos y los nativos de las Islas Dalerias quedaron solos y abandonados, sus habitantes no desesperaron. Sabían que eran capaces de sobrevivir por su cuenta, como siempre habían hecho. Seguían una filosofía basada en tradiciones ancestrales y pautas de comportamiento respetuosas con el entorno natural, como dictaba el aclamado Principio de Compensación. Según este código, todos los habitantes de Dibarusa tenían la obligación legal y moral de compensar al Planeta por aquello que le arrebataban. Por esta razón, su desarrollo tecnológico pronto quedó rezagado respecto al de muchas otras potencias mundiales, y fueron excluidos de la lucha por el poder y la trascendencia. Por este hecho, unido a la voluntad general de mantenerse al margen de las cuestiones internacionales, habían adaptado una economía autosuficiente. En aquellos trágicos momentos de la existencia, después del cataclismo, esta peculiaridad les ayudó a superar la complicada situación en la que se vieron envueltos sin demasiados problemas.

No obstante, fue inevitable entre ellos perder la fe en el futuro de la humanidad. Se planteaban si merecía la pena luchar por tratar de reconstruir aquella civilización que había sido devastada por el propio Planeta. Una desesperanza que se vio contrastada cuando entre la gente corrió la idea de que eran seres especiales, que el Planeta había evitado su aniquilación porque les consideraba merecedores de su supervivencia. Según esa teoría, el Planeta había considerado necesario un cambio en el orden mundial, y por ello eliminó al ser humano que tanto daño le había causado, sin embargo, permitió a los nativos de Dibarusa sobrevivir para dar un nuevo comienzo a la humanidad. Les permitió empezar de cero, teniendo comobase filosófica las máximas de esta particular cultura. Así, manteniendo un profundo temor y respeto al Planeta, comenzó una época de estabilidad económica y social. Adaptando su mentalidad a la nueva circunstancia, dieron las primeras pinceladas a lo que sería la gran obra de la Nueva Civilización.

Muchos años después de la Gran Catástrofe, la peculiar neblina cristalina a la que denominaron Mar de Cristal todavía invadía las tierras, negándose a desvanecerse. El planeta estaba teñido de un eterno color azul pálido, y en su interior, millones de extrañas criaturas surgidas de la Raíz, los seimos, habían tomado el control de sus extensiones. Aunque adaptaban muy diversas formas, compartían una extrema aversión hacia el ser humano, pero convivían plácidamente con el resto de los animales. Por esto se decía que la razón de ser de estas extrañas bestias era destruir a los humanos, y hasta que no lo consiguieran en su plenitud, no regresarían a su hogar en el corazón del mundo.

Varios siglos habitaron los dibarenses encerrados las Islas Dalerias, tanto por temor a lo que moraba en la niebla como por mera costumbre, pues nunca había sido aquel un pueblo que sintiera la imperiosa necesidad de viajar al exterior. No obstante, a principios del siglo IV, se atrevieron por fin a abandonar su hogar para explorar los territorios más allá del mar. Y gracias a uno de los esporádicos grupos de ávidos exploradores, se descubrió que las terribles bestias del mundo exterior temían el fuego, que sentían pavor hacia dicho elemento. No eran más vulnerables a él que cualquier otro ser, pero la presencia de una antorcha los mantenía alejados. Aquello supuso una revolución sin precedentes, pues facilitaría la exploración de los inmensos campos neblinosos, undescubrimiento se propagó como un viruspor las tierras que formaban el archipiélago dalerio, y en los corazones más jóvenes surgió la necesidad de vivir una gran aventura, de salir a explorar el enorme mundo que sus padres y sus abuelos desconocían, y que tantas emociones les proporcionarían. Había llegado el momento de extenderse, de ampliar horizontes y dejar atrás su limitado hogar, y multitud de valientes marineros y audaces aventureros dieron comienzo a la apasionante Edad de los Exploradores.

Respondiendo a esta nueva mentalidad, sobre todo en la poblada y bulliciosa capital de Dibarusa, se impulsaron diversas misiones de reconocimiento oficiales por las tierras colindantes. La región más próxima al oeste eran las tierras del antiguo reino de Feleras, mientras las extensiones del este se introducían en el olvidado continente de MelvanValientes, ambiciosos, cargados de antorchas y armados con lanzas y arcos, (las armas de fuego se prohibieron tras la Gran Catástrofe, recelosos de volver a desatar la ira del Planeta), estos exploradores descubrieron que en lo alto de las montañas, además de las costas, el rastro del Mar de Cristal era menor, y por ende también la presencia de los seimos era menor. Este interesante descubrimiento los condujo a levantar pequeños campamentos y bases de operaciones en estas elevadas áreas, campamentos que con el tiempo se convirtieron en aldeas dedicadas a la investigación de los alrededores y a la obtención de recursos propios de la zona, para después transportarlos a Dibarusa. Con la intención de facilitar esta última tarea, que ganó gran popularidad en la capital, los soldados construyeron alrededor de estos poblados una serie de muros de contención: murallas y empalizadas situadas estratégicamente con el fin de aumentar la seguridad ciudadana. 

Las explotaciones de estos nuevos entornos naturales, inimaginables en las Islas Dalerias,se convirtieron en negocios muy rentables a pesar del peligro que conllevaban. Comida, madera, minerales, etc. Cada área a la que tenían acceso, cada distinto Alto de montaña, como se denominaron estas regiones, producía unos recursos que de otra manera era imposible conseguir.La única condición impuesta por el Gobierno de Dibarusa en la extracción de estos recursos era un respeto a las leyes básicas de su cultura, para evitar conflicto alguno con el temible Planeta. Gracias a estos arriesgados negocios, los Altos tomaron una importancia descomunal en el desarrollo del mundo humano

Sin embargo, el transporte de mercancías entre las alejadas regiones naturales y Dibarusa, era muy lento y peligroso, lo que provocaba que esta nueva oportunidad mercantil se desarrollara muy paulatinamente, y solo era factible en los territorios más próximos a las islas.

Ante este complicado dilema, entró en escena una de las figuras más relevantes de toda la Historia de la Nueva Civilización: el legendario arquitecto Debares. La persona que cambió la percepción de la sociedad como hasta entonces la conocían.

Sigue en Contexto Histórico 4: La Edad de la Repoblación del Planeta

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